Hoy me hubiese gustado leer que,
mientras en Vitoria nieva,
aquí paseamos descalzos por la arena.

Copos blancos y puros.

Que Gasteiz sigue siendo un ejemplo
de ciudad energéticamente sostenible.

Su aire limpio.

Que en el Gorbea han encontrado,
tras la cascada,
una escondida cueva
repleta de pinturas rupestres.

Pero no.

Hoy la noticia es otra.

Ya no puede cambiarse el titular.

Por mucho que duela.

A veces, aún tengo esperanza
de que la ciencia nos descubra
que no descendemos de los mismos simios.

Me niego a pensar que mis amigos
comparten lo más mínimo

ni mis padres

ni mis abuelos

ni los tuyos

ni tú, ni yo mismo.

Nada en común
con esos monstruos
de oscuras almas.

Malditos.

Malditos cobardes.

Inhumanas bestias.

En mala hora
salieron vivos
del vientre de su madre.

No tiene perdón
profanar lo sagrado.

Cobardes, porque saben de la carcoma
que les come por dentro.
Saben el mal del que están hechos.

Y callan.

Y no se quitan de en medio.
(Hay que ser valiente,
¿verdad, Cristina Wolf?
para irse por evitar
hacer daño a otro).

Y vuelven a callar.
Antes de abrir en canal
a cada uno de nosotros.

Al ertzaina que la encontró.

A los médicos que la atendieron.

Al forense que le hará la autopsia.

Al periodista que debe narrar los hechos.

A ti que te enteras.

Y querrías no haberte enterado.

Y querrás sacártelo de la cabeza.

Por su brutalidad.

Por su irracionalidad.

Joder, porque no es de humanos.

Una detestable mirada más
para tu Faro del Silencio.
Lo siento, Ibon.
Tú también lo estarás maldiciendo.

Un niño,
solo es una palabra.

La más grande.

La única que vale la pena.

Lo único por lo que vale la pena.

Un niño es
Amor.

Un ángel voló sin alas.
Se las habían arrancado.
La nieve, en Vitoria,
se vistió de rojo.

Ella, como todos los niños,
esta tarde de enero
tendría que balancear
sus ilusiones sobre un columpio.
Intentando tocar
con sus piececitos el cielo.
(¡Mira, ama!
¡Casi llego!)

Sin saber que existe el infierno.

Sin que ahora, una ánfora,
aguarde a recoger las cenizas
de su pequeño cuerpo.

Descansa, chiquitina.

La vida,
no era eso.