Pasó la juventud
como un cohete de juguete
con prisa de llegar a una inexplorada galaxia.

Y todos me gritaban al oído.

Aprovéchala.

Será irrepetible.

Maravillosa.

Sin más problemas que libros de texto.
Sin más objetivo que pasarlo bien.

Recogiendo rosas

hasta que no entren más
en tu jarrón de papel.

Cuando pase esa época

(los consejos no tenían un The End)
Te tocará pisar la realidad.
Terreno pantanoso lleno de

responsabilidades y frustraciones.
De quehaceres.
Es el sino de nuestro destino.

Cuanto sabio en zapatillas de casa.

Yo recogía rosas
donde veía crecer amapolas.

Pero no era tan guay como lo pintaban.

No era guay salir al mundo
a que te abrazara y toparte,
a menudo,

con bofetadas.

No era tan guay enamorarte
si lo hacías de un gilipollas elevado al cubo.

No encontrar respuestas
en el último cubata
a preguntas que te cuestionabas

desde el primero.

No era fácil recoger rosas
pisoteadas por pies ciegos.

Tampoco lo era perder el norte
sin ver ponerse el sol por el oeste.

Tantas intersecciones,
Tantos atajos,
Tantos caminos sin asfalto.

Ahora me gustaría volver a los 20

Sabiendo lo que sé con 40

Un poco de vuelta de todo.

Y gritarle al gilipollas que es un gilipollas.

Y cambiar el cubata

por un atardecer en la playa.

Dejar de acatar órdenes
que llevan a un orden equivocado.

No preocuparme porque lean lo que escribo,
que es lo mismo que lo que siento.

Haberle dicho a esa persona te quiero
sin saber aún que tenía muchas razones
para quererla.

Darme cuenta de que
competir resta
Y cooperar suma

En todo.

En una palabra,
haber sido más valiente.

Ahora se me ocurre que, quizá

Las rosas se siembran a los 20

Para recogerlas a los 40

Oler su perfume a los 60

Y adornar nuestra tumba a los 80

Siendo nuestra vida,
de principio a fin,
un jardín.

Qué bonito es
que alguien se moleste en enseñarte
a regar las flores.